El arte de lo bueno y lo justo

El jurisconsulto romano Celso (67-130) trajo la frase de Ulpiano, sencilla y compleja, que define lo que es el Derecho: Ius est ars boni et aequo: “El derecho es el arte de lo bueno y de lo equitativo”. Desde entonces los legisladores y jueces de todos los tiempos han intentando alcanzar esos objetivos: lo bueno y lo justo.

El problema radica en que lo bueno y lo justo no es algo tangible e identificable de forma certera con la fuerza de la lógica, sino que requiere una labor de reflexión, serenidad, sensatez y carga ética, que se ve lastrada por el sabio dicho del poeta Ramón de Campoamor: “Nada es verdad ni mentira sino del color del cristal con que se mira”. Por eso, hay leyes y sentencias que parecen buenas y justas según el observador, aunque la vida enseña que al victorioso en un litigio la sentencia le parece buena y justa y al perdedor nada le convence.

Otro problema brota cuando por encima de lo bueno (ético) y lo justo (equitativo) se impone la terrible “eficacia”, en cuyo nombre los políticos aprueban leyes que son aplicadas por los jueces.

Así y todo la misión del abogado es separar lo justo de lo injusto, lo lícito de lo ilícito, y velar por el interés de su cliente sin perder tan sabio norte de lo bueno y justo.